07 noviembre, 2005

XXll. Cómo se fue Aureliano

"No hay hombre que en última instancia merezca el desdén y la ironía;
ya que, tarde o temprano, con divisas fuertes o no, lo alcanzan las desgracias,
las muertes de sus hijos, o hermanos,
su propia vejez y su propia soledad ante la muerte.
Resultando finalmente más inválido que nadie;
por la misma razón que es más indefenso el hombre de armas
que es sorprendido sin su cota de malla
que el insignificante hombre de paz que,
por no haberla tenido nunca,
tampoco siente nunca su carencia".

Ernesto Sabato, Sobre héroes y tumbas, V






Para él, para ese abigarrado amigo que me deparara la vida, para Aureliano, el mundo estaba hecho de música. En su primera comunión, se escapó de los brazos que querían sujetarlo y jamás comulgó. Un coro de Haendel lo había fascinado a tal punto, que las vértebras habían entrado en resonancia, como si un ángel metiera su brazo de seda por su espinazo y lo agitara, lo levantara en el recinto, lo hiciera levitar. Atesoró el rosario que el padre Rómulo le obsequiara, presionando sus cuentas se inspiraba para componer, en sus frenéticas noches de insomnio y de pavura. Su madre le decía Aureliano, cuándo vas a estudiar, cuándo harás algo por esta casa, cuándo serás responsable, no ves tu padre cómo labura, no ves como yo, cuándo Aureliano, cuándo. Pero él corría hasta que su asma lo arrastraba, caído, sintiendo que su vida dependía del hilo de oxígeno que su garganta dejara pasar, sintiendo que el corazón, los sollozos, el día, sus miedos convulsionaban, sintiendo que un apagado lamento titilaba en sus venas, su vientre, levemente volvía al día, abría un recoveco, nacía de su cáscara y se le aparecía una música, unos acordes que besaban su pecho de pajarito huérfano, unas notas que brincando como renacuajos le hacían una historia de compases y violines, de octavas trayendo el aire, de bemoles acariciando su cansancio, su pena, su desazón, su predestinación de mártir, su martirio, su aureliana característica manera de victimarse ovillarse quedarse.

Un día con Juan nos fuimos a Santiago de Chile a ver a Silvio. Cuando vio la guitarra acústica, Aureliano empezó a querer salirse de sus pies y quedarse a la orilla de Silvio, mientras las pocas luces hacían un perfil hechicero del trovador, mientras yo lloraba intensamente mientras volvía mi corazón hacia Casiopea y mientras Juan hacía de su fanatismo un curioso saltar masoquista, Aureliano mientras era más que Aureliano y mucho menos que ése que se dejaba maltratar por el asma, esa turbulencia de angustia que le hincaba los colmillos a su respiración y Casiopea allá pero acá, en el corazón la dulzura de Silvio, los tres siendo tan felices a pocos meses de que nos cayera encima tanta sangrienta nieve. Hace menos años, nos acordábamos con Juan de Aureliano mientras repetíamos como una letanía el estribillo mágico "cada vez que me amas, es un milagro" con Silvio y Aute, pedazo de amigo. Y extrañarlo ya es una vocación, somos brujos tan nostálgicos, quisiéramos que los amigos siempre se queden, pero ¿quién tiene las llaves que abren todos los cerrojos? El nagual debería, pero no es así, debería es una palabra tan áspera tan terrible tan cruz tan clavos. Aureliano se fue como se fue el unicornio de Silvio, como se fue la bondad de Santiago, como se fue atribulada de púas la madrina Sofía, como se fugó con las nereidas nuestra Lupe, como se fue mi inocencia una tarde de noviembre.

Para Aureliano los géneros musicales eran una arbitraria disección de la belleza. Se ponía al piano del nagual Zacarías, como si abriera el cofre que esconde el tesoro más anhelado abría el piano, despejaba la sucesión blanca y negra que en instantes se sacudía pintando en el aire esa desgarradora sonata de Beethoven, o aquél vals de Chopin o aquella joya pura de Schubert, Aureliano encorvado en su piano era un héroe troyano, un legendario nigromante arrepentido, una vindicación de la vida, Aureliano era mi amigo pero cuando tocaba sus canciones era como un dios pagano, adivinaba costados inhumanos en sus posturas de entrega al inapresable hecho musical, lo veía desatando esos nudos esos adagios esos entreveros melancólicos y en mi alma se encendía un nuevo lucero cada vez. Oir a Aureliano era enriquecer de estrellas la noche constelada de cada cual, lo atroz y lo maravilloso urdían una trama única, las alas le salían a cualquier cosa y ya no te sorprendía entrar al comedor de cortinas blancas y olor a libros y encontrar cosas flotando, candelabros de bronce agitando sus alas, tenedores de plata danzando cascanueces, manteles fantasmando ventanas, cortinas como alfombras voladoras que emigraron de Oriente una tarde en que en algún jardín se quedó sin palabras un poeta y se quedó sin vino una copa de cristal que bebió una amada perdida. Un brujo amigo del nagual le hizo un violín, le dijo tomá tu Stradivarius, es hembra, dale aliento, contale fábulas, rompele las pautas, soltalo como se suelta un pájaro que morirá de pena en su jaula de oro.

Aureliano tuvo un amor. Poco supimos, fue desgraciado, esas cosas unilaterales que se convierten en volcanes, pedruscos, lentas lluvias pesadas de invierno, magras miradas robadas, labios imaginados en un beso que jamás prosperaría. Sabemos que no se llamaba Natalia, pero para el sí. Una mañana, lo acompañé a esperar que Natalia saliera del colegio, me la señaló con entusiasmo, estábamos escondidos detrás de un árbol como a treinta metros. Supe que mi amigo tenía una extravagancia más: no amaba a una niña bella. Natalia era casi vulgar, de nariz decididamente fea, de frente acaso demasiado amplia, de pelo tal vez escaso para su cráneo y sus orejas, de cuello un poco delimitado por casualidad, de espalda ancha para esa cintura, de cintura ancha para esas piernas que acababan en pies anticipados por tobillos salientes y rodillas gordas. Sospeché que tampoco era dulce. Tenía una expresión cansada y entorpecida por un entrecejo quejumbroso, su boca dominada por un rictus de sutil desprecio, sus ojos como reclamando culpables. Aureliano me pidió que le escribiera una carta de amor, accedí, no del todo desinteresadamente (le costó un libro de Oliverio Girondo, ese que leo y releo cuando pienso en él y lo extraño). A los pocos días que Aureliano se fue, advertí con congoja que nunca se animó a dársela, la había firmado con su nombre, había adornado el sobre con guardas rosadas, cuántas noches se habrá sentido decidido a entregársela y cuántas veces habrá fracasado frente a esa niña difícil, esa niña de sus sueños que provocó tanta hermosa música en el Stradivarius de Aureliano.

El nagual me dijo un día: Aureliano no nació para la brujería. Yo le dije entonces si había nacido para la amistad. Y él negó con la cabeza. Dijo: nació para extraviarse. Este día me lo acuerdo clarito: era agosto. Yo esperaba a Aureliano en una plaza, íbamos a ir al cine con Marina y Trinidad. Serían las cinco de la tarde cuando supe que él no vendría. Llamamos para confirmar que salió y no llegó nunca. A las dos horas volvió a su casa, donde lo esperábamos angustiados. Venía muy mal, la camisa sin botones, la cara cansada de llanto, los brazos lastimados, la boca hinchada. Lo que temíamos: Santiago y sus secuaces lo habían interceptado, me mandaron un "mensaje", fue la primera vez que supe del odio, fue la penúltima. Por si fuera poco la golpiza, le robaron la bicicleta, y lo abandonaron en medio de un ataque de asma, después del cual Aureliano perdió esa libélula delicada que es la inspiración. Se volvió muy parco, nos visitamos cada vez menos. Cuando le preguntaba al nagual qué pasaba el me explicaba cosas del honor, del cantar del mío cid, de los guerreros jaguares que no abandonaron la sitiada Tenochtitlán, de los caballeros templarios, de Manco Capac.

Éste es parte del último diálogo que tuve con Aureliano, tal como lo recuerdo:

- ¿Y ya no tocás, Aureliano?
- ¿Para qué?
- No sé. No se puede responder esa pregunta. Yo creo que...
- ¡Vos siempre opinando de todo! ¿Qué carajo sabés vos?
- ¿Te volviste loco? – le dije.
- ¿Dónde estabas cuando te necesité? ¿Con Trinidad, papando moscas? ¿Apretándote a la Marianita? ¿Leyendo tus libros de mierda?
- Pará, pedazo de hijo de puta, le dije – con este talante imposible que tengo a veces.
- ¡No paro nada! ¿Dónde estabas, te pregunté?
- ¿Cuándo, cuando te pegó Santiago?
- No. Cuando se puso de novio con Natalia.

Hubo palabrotas luego. Empujones. Su asma, mi asco, su ultraje, mi ultraje, nuestra rivalidad absurda, nuestra amistad perdida. Yo buscaba un espacio de cordura donde prosperara algún acuerdo, el sólo quería tener más aire y más bronca, llorar menos, saberme odiar. Convenció a su madre para que lo inscribiera en un seminario en Córdoba, ya debe estar muy cerca de ser sacerdote. Tal vez ni siquiera se conmueva con Silvio, ¿andará por qué calles, cómo recordará nuestra adolescencia turbia? Lo que perdura inexplicable para mí es el grado de responsabilidad que me cabe. Hay días, que me acerco casi a la revelación, pero termino no llegando de todas maneras, supongo que debí hacer algo, entender que esa preciosa criatura que era mi Aureliano había trasladado la fuerza que se negó a si mismo poniéndola en mi porfiada costumbre de asumir las cosas, de hacerme a la vida como un toro bravío en una corrida donde todo se inclina en su contra. Supuso que yo sabría conseguir del mundo lo que él no pudo: el amor de una niña común y corriente. Supuso que yo recuperaría su bicicleta celeste. Supuso que yo coronaría su martirio dandole una paliza a Santiago. Supuso que yo actuaría a tiempo en ese extravío que lo alejaba de nosotros. Se equivocó en todo. Algo me dijo el nagual, no me permiten sus palabras el consuelo o la comprensión, pero agitan en mi corazón una pena que es fuerza también.

- Un nagual hecho y derecho sabe vengarse, Galito.
- Pero, ¿por qué no me enseñó eso? ¿Por qué evitó tantas veces que enfrentara a Santiago y le diera su merecido?
- No entendiste. Venganza no es violencia bruta.
- ¿Cómo debería haberme vengado?
- Sabiendo amar a tu amigo. Vos lo hiciste tu enemigo, igual te pasó con Santiago. El amor es la venganza más impecable, la única reparación válida de cualquier daño que puede permitirse un hombre. Voy a morirme pronto, y siento que nunca termino de enseñarte y siempre siento el vacío de que no aprendés nada tampoco, nada de nada, Galito.


Galo

1 Comments:

Anonymous Diego Galo said...

Comentarios a la anécdota

Cómo se fue Aureliano


Quise mucho a Aureliano. Lo quise y no todo es pretérito, aún lo quiero. A los pocos días de publicar esta anécdota que más o menos lo retrataba, me llegó una carta de él. Las palabras eran parcas, pero no conseguían disimular cariño. Inevitable la pomposidad católica de sus oraciones con caligrafía escolar, inevitable su condescencia y sus ínfulas de salvado salvador. Anticipaba su visita a Mendoza en el próximo mes, dejaba un teléfono. Yo sabía bien donde ubicarlo, supuse (bien) que se hospedaría en casa de sus padres. Tanta escolástica le había procurado una prosa en cierta forma elegante pero anticuada. Usaba un castellano de museo y se las arreglaba con destreza para predicar su buena nueva. Le habían prometido una capilla en Entre Ríos, en setiembre de este año, si todo salía conforme a sus planes (y a ajenas promesas). Se cuidaba de preguntar por nosotros, los de antaño. Apenas mencionaba a Macedonia y a Trinidad. Luego firmaba con trazo rimbombante.

En un primer impulso, quise verlo. Me preparé de algún modo, hice reparaciones en el alma, jugué a olvidarme de algunas cosas, visité a su madre con alguna excusa pálida. Hice más. Yo tenía una gran noticia para Aureliano, y elucubré el modo de transmitírsela. Aquella niña que el quiso, Natalia, estaba asistiendo como aprendiz en un grupo que abrió Juan. Veladamente, mi "propio" les inculcaba artes de guerrero a jóvenes con ínfulas de actores, esto de forma moderada pero constante, en las clases de teatro. Reconocí a Natalia en el papel de lisiada en una mala obra que representaron estrenando el elenco. El tiempo la había mejorado. No significa que estuviera más linda, pero a veces, la luz le daba una apariencia digna, y su personalidad trabajada por la amargura, afloraba en sus gestos, haciéndola interesante o cuando menos, más prometedora. Articulé una esperanza vaga: reunirlos. Eso que muchos tacharían de idiotez confieso que es ingenuidad, exijo esta mínima indulgencia.

Un día, no hace mucho, me llama Aureliano. No habló conmigo porque yo no estaba. Dejó dicho que estaba por regresar a Córdoba, que no quería irse sin vernos. Cuando supe que había estado casi un mes en Mendoza sin atreverse a contactarme, cuando advertí que a duras penas me llamó justo antes de volver a sus cosas, me pareció leer un mensaje del espíritu. No debía verlo, no obstante el deseo que tuviere de hacerlo. Creí una especie de deber fingir que intenté comunicarme. Dejé los rastros que permitieron luego, en medio de una disculpa por escrito, trazar los contornos de una coartada. El sábado que el subía a su avión, el mediodía de mi provincia estaba gris y frío, como mi alma.

Todavía sentí un deseo de cerrar una ventana que dejé abierta. Llamé una y dos veces a Natalia. Se había ido a la montaña con su esposo. El puzzle estaba irremisiblemente desordenado: no sólo las piezas no querían caber, sino que pertenecían a paisajes fragmentarios diferentes. ¿Con qué soñaría mi afiebrada mente? ¿Hasta cuándo soñaría esos reencuentros imposibles, hasta cuando esperaría de los demás lo que no podía esperar de mí mismo? Si todos estábamos extraviados, ya no sólo Aureliano, ni su amada imposible ya imposible para siempre, ni nuestra amistad de la que sólo quedaba una tierna nostalgia y una forma torcida de culpa. Los de entonces estábamos en rumbos tan distantes, en sitios tan alejados de aquellas calles compartidas en la adolescencia: los de entonces estábamos tan terminados, tan sin remedio sepultados en la confusión de momentos que llamamos el ayer. Cómo se fue Aureliano, cómo nos fuimos yendo todos, a su tiempo y a su modo...

Galo

07 noviembre, 2005 20:45  

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