10 diciembre, 2005

VI. Una bruja pasión



Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;
mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido:
su cuerpo dejará no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Quevedo.Amor constante más allá de la muerte.
Hay una Trinidad que se pasea por el mundo desequilibrando las columnas que sostienen pesadas tortugas, se pasea revelando milagros alrededor como un agudo marino en tierras remotas. Llega Trinidad y llega el sol. La madrina Sofía decía que Trinidad tenía oro en la melena, y siempre lo creímos de niños. Tanto lo creyó Lucía que un día la peló y se fue a la ciudad con la mata de cabellos a empeñarla en una joyería y le fue bien. Su acecho le permitió regresar con unos cuantos billetes, y ese cabello de Trinidad debe estar formando parte de pelucas sedosas para mujeres calvas. O tal vez alguna hebra esté escondida en un anillo de alianza, ¿quién sabe? Esa Trinidad bruja es más bien una especie rara de ángel, una canción de ensueño que se anda cantando mientras anda por los despoblados caminos y por los caminos hastiados de hombres y de bestias.
Hay una Trinidad que sabe más cosas de las que ningún mortal conocido sabe, porque ella se fue al otro lado y vino. Era una mañana nublada cuando llegó don Rodrigo con la noticia funesta de que Trini se había ahogado en el Sena. Mi intuición decía que ella lo había buscado así, acaso caminando tan bruja y tan rubia y tan sola en las calles de Paris, bebiendo café sin azúcar en la rue Motilleaux, anhelando curiosos frascos de perfume en las vidrieras de una ciudad que como ella estaba llena de opulencia beatífica y soberana hermosura. Estaba haciendo un trabajo especial sobre Simone de Beauvoir, enviaba libros, cartas que yo me quedaba oliendo hasta que el olfato se permitía un receso y entonces leía con avidez y con imprudente amor. Y de pronto, algo arrebatándola de nosotros, el tiempo congelado y las garras del dolor ultrajándome las entrañas, el recuerdo de sus ojos inmensos y celestes, su flequillo dorado, la delicada curva de sus orejas donde siempre se encontraba un diminuto aro de zafiro. ¡Trinidad muerta! Esa preciosa criatura que hubiera dejado sin aliento a Boticelli y Miguel Ángel, divina musa renacentista en cuya noble y radiante belleza uno palpaba los exactos contornos que definen la perfección, la forma, la deletérea y esquiva metafísica prudente.
Hay una Trinidad que volvió de los confines tenebrosos: algún secreto pacto con la muerte, tal vez la misericordia o acaso la simple predestinación hicieron que aquella Trinidad se recuperara en la sala de emergencias de un hospital de Francia. Extraños profesionales que jamás conocí, en un lugar que desconozco, me devolvieron el ángel y la fe en el mundo. Trinidad de regreso no fue del todo la misma, su cambio más notable era el dominio del silencio. Había logrado la curiosa habilidad de inducir el silencio con sólo mirar, ella simplemente posa sus azules adorables ojos en vos y ya te estás quedando sin habla interior, sin el arrullo de los oxidados mecanismos de la mente cualquiera, de la mente ladrona de sueños, de la perra mente.
Pero hay otra Trinidad. No la reina ni la hechicera, yo conocí a la mujer enamorada. Y lo que constituye un milagro y una tragedia mayor: enamorada de mi. ¿Qué habrá visto ella en alguien tan miserable como yo? Recuerdo que el primer año que nos conocimos, yo sentía tanta vergüenza en su presencia que no me había percatado de su rostro. Lo intuía como asombrosamente bello, pero desconocía hasta qué punto lo era. Y Trinidad olía tan bien. En sus cercanías parecía que se acumulaban los jardines como convergiendo en capullo e irradiando en primaveras. Siempre uno sabía en qué lugar de la casa estaba ella: bastaba seguir el rastro de flores y sahumerio. Caí completamente enamorado cuando un día de soslayo vi un lunar discreto en su frente y sus pobladas cejas oscuras, que le daban a su cara blanquísima un exquisito aire de monarquía. Le tuve más miedo entonces, y a la vez, la atracción se intensificaba drásticamente hasta que se hizo intolerable. Y cuando así sucedió, en lugar de encontrarme con su rechazo, me abrió los brazos y confesó su secreto amor.
No recuerdo en mi vida un día más feliz, aunque tuvo el trágico giro de los amores románticos, y al tiempo se convirtió en desaforada tristeza. Herida no reparada. Estas palabras lo confirman. Nuestro primer día de enamoramiento mutuo y develado transcurrió en largos e indescifrables rituales que hicimos a la luz de la luna en el jardín de la vieja Carolina. Nos asustó un gato. Hacía un poco de frío, pero la embriaguez de nuestras manos enlazadas y como volando por la danza remota, daban al sitio una tibieza especial y desalojaban penumbras.
Pronto fue un rumor frecuente: Galo y Trinidad, ejem. No lo ocultábamos del todo, es cierto, pero tampoco queríamos confirmarlo. La adolescencia hacía bullir nuestra sangre, y un día triste pero intenso, nos dimos al goce de los cuerpos, hicimos el amor como lo hacen los brujos de nacimiento: con toda el alma y con extrañas exploraciones, con luciérnagas revoloteando todo el tiempo y los globos de energía sacudiéndose en multicolores látigos de placer y visiones. Fue algo ininterrumpido, supremo, algo que comenzaba y terminaba y volvía a empezar, un fuego abismal enredado en la columna, una fiebre de luces de esternón a esternón. ¿Bruja pasión? Así me gustaría llamarlo, si un nombre hay que darle.
Pero el nagual Zacarías lo supo. Nuestras andanzas no podían permanecer impunes demasiado tiempo. Pasó febrero y marzo, abril casi todo. Y el nagual se enteró. Me llevó a un lugar despoblado y me dio la paliza más grande de mi vida. A tal punto, que necesité hospitalización. No sufrí quebraduras, ni lesiones graves. No me habló en todo un año. Trinidad anduvo en España y Francia, se le pagó viajes y estudios, para que olvidara. Pero no olvidó. Después del susto de su ahogo, regresó. Y no pude verla por un tiempo. Una tarde, estaba organizando unas prácticas de los tomos azules, cuando entró el nagual a mi pieza. Yo lo miré con desprecio y con temor. Él me miró con infinito amor y conmiseración. Dijo que todas las brujas de la casa estaban a su cuidado y no podía andar una mierda como yo cogiéndolas a escondidas. Que toda mujer era un venerable tesoro, que un nagual si valía un poquito, respetaba eso. Que el sexo corrompía a la mujer si no se practicaba con cierto conocimiento, y que yo no tenía el derecho de arrebatarle el infinito a Trinidad sólo por mis calenturas. Yo tuve un pero firme: pero yo la amo. Y él dijo: claro que lo sé. Por eso estás vivo. Y luego sin que tuviera yo tiempo a decir nada, dijo que el amor era una de las experiencias más pavorosas y bellas de la vida, que un nagualito pendejo debía aprender muchas cosas para no hacer del amor un camino de destrucción o perdición. "Por ella, porque la querés, sé impecable. ¿Oís? Impecable. Entonces tu amor será para ella el don más precioso. Pero sin impecabilidad, tu amor será una desgracia, para ella y para vos, no será amor, sino incesante tropiezo y quebrantos".
Galo
Mendoza, 9 de noviembre de 1999

1 Comments:

Anonymous DIEGO GALO said...

Comentarios a la anécdota

Una bruja pasión


Un guerrero de fuerte corazón está lleno de añoranza. Toda evocación a la que me enfrentan estas anécdotas me deja el sabor de lo que fue, de lo sabroso que fue y de lo inevitable que es el hecho de que ya no será. ¡No, amor mío, como ayer te amé ya no te amaré jamás!. Sí, hay gente que ha pensado en cosas como el eterno retorno, pero el goce (o displacer) de que las cosas un día se repitan está en la necesaria perduración de la memoria. Sin el recuerdo de que ya vivimos algo, ¿no ha de parecernos nuevo? Bajo la exigencia de la muerte uno brindará con agua del Leteo y su memoria se extinguirá como su vida misma. Si hay un retorno, obedece más a la física que a la psicología, cosa que estuvo en un lugar, en algún momento volverá a estarlo, siendo que todas las posibilidades se verifican en una extensión infinita de tiempo, que bien puede ser circular. Pero no puede servirnos de consuelo, para cada mortal (o inmortal desmemoriado que es casi lo mismo), el tiempo tiene esa apariencia de siempre estar pasando y yéndose, arrastrando hacia atrás horas y gente, amores y angustia, yoes que fuimos otros serán ya, algo parecido a la niebla de Unamuno anda devorando a cada instante lo que en ese instante estaba, todo instante un instante después será pretérito: toda cosa en su futuro está condenada a ser pasado. Añoranza es el amor sobrio del guerrero por todo lo que se llevó o le llevó el tiempo, es el no hacer del apego, del aferrarse, del habitar el pasado para huir del vertiginoso ahora.

He visto a Trinidad hace un tiempo, y miento: no era ella, no la he visto. No la mía, la que con ineficacia esboza esta anécdota. La del sueño del nagual: Trinidad mi predestinada compañera, mi mujer nagual, la del cantar de mis cantares. Aquella Trinidad se desmenuza en la añoranza, ésa que ahora no es. Y no se extinguió el amor ni dejamos de frecuentarnos: es que no pudimos darle ese lugar fuera del mundo, lo quisimos en éste, en una cama un día y otro, en una caminata juntos, en una casa compartida, lo quisimos a salvo y aquél amor, aquella bruja pasión, no era para estar a resguardo, para extenderlo en los años y disfrutarlo cotidianamente. Al invitarlo a quedarse él quiso irse y soñarse libre y del mañana. Nuestro amor fue más que nosotros: no se entregó. Es una estrella en un cielo poblado: un día cualquiera quizás no la distingamos de otra, un día quizás ya no brille más, porque allá en su lejos habrá muerto sin que lo sospecháramos un día remoto. ¿Acaso no nos enteramos demasiado tarde que el brillo de una estrella que nos aliviara un estío o nos diera a suspirar, es quizás la tardía noticia de sus últimos días, que ya esa estrella no existe? Me pasa cuando miro una fotografía de entonces, tal vez ese rostro vela la cruda realidad de que ya no existe la que ostentó ese rostro que cautivó mi alma y le dio exquisita penuria a incontables días de romanticismo y nostalgia. ¿O será que sigue madurando, que espera su momento, que de veras nos espera al final de un tránsito terrible que atraviesa otras bocas, otras cruces, desencuentros, engaños, reveses y luces tardías?

El guerrero no está exento de amor. Incluso puede ser toda su vida una cruzada en los territorios del amor, cargados de dragones y promesas incorruptas. Desenamorar su intento no parece inteligente: el amor es quizás la mejor estrategia del guerrero, minucia solitaria en un universo abismal que lo amenaza. Quizás la única clave de esta historia, es lo inextricable de la unión entre el amor y la tristeza, y parece que de este material sensible y abrumador está hecho el corazón del guerrero. Sin esos ojos de Trinidad aleteando impávidos y despreocupados en mis ventrículos, inútilmente las aurículas elaborarían el sueño que anda por las venas y me sostiene fuerte sobre el sendero destruído, no desprovisto de flores ni de ángeles ni de desdichas y falsos atajos, hasta el día decisivo, en que, toda mía o para siempre ajena, la mujer que el Águila soño sólo por mí me dé la mano y desde el allende me ponga para siempre detrás del escenario terrestre de aflicción, allá donde me espera un beso definitivo y furioso y final.

Galo

04 septiembre, 2005 01:17  

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