10 diciembre, 2005

I. Temprana confrontación con el milagro


Nunca es triste la verdad,
lo que no tiene es remedio.
Joan Manuel Serrat.
Sinceramente tuyo.

Era un día frío, en las montañas lejanas la nieve azotaba la mirada con esa especie de castidad a la fuerza, la hora resbalaba el mediodía, casi ya caía en la siesta. Zacarías me había pedido que depusiera una actitud equivocada: juzgarme inmortal. Habíamos salido muy temprano, empezaba a tener sueño, el traquetear de su vieja Ford en los caminos angostos y erráticos me mantenía apenas despierto. Zacarías no había hablado, yo había leído en silencio. Detrás venía Lucía, que iba a quedarse en su casa de retiro. Pero Lucía es un ser enigmático y silencioso. Desde muy pequeña perdió la vista, y perdió con ella esa voz que en nosotros sólo se presta a necedades, mentiras y maldades. Nos detuvimos de forma casi abrupta. Zacarías nos pidió que bajáramos. El frío que empañaba las ventanas se introdujo sin permiso en mis huesos, entonces me abracé a Lucía y ella me miró con el desprecio que se tiene a los seres débiles sin razón. - Matamos un perrito y ni te diste cuenta - dijo. El nagual no había perdido tiempo. Se agachó junto al perro deshecho, que por algún perverso milagro todavía vivía y nos miraba agobiado de resignación. Estaba muy agitado, jadeaba como suplicando y yo no podía quitar los ojos de las vísceras. Lucía lloraba sin ver, su retina amparaba pensamientos indescifrables. Entonces oímos un llanto y una niña de siete u ocho años apareció por el camino, venía corriendo y gritaba un nombre: Sasito. Lucía de un salto la interceptó, mientras Zacarías envolvía a Sasito en su campera y lo alzaba. Yo permanecía estúpidamente paralizado, entonces Zacarías me dijo que todo esto lo había causado yo, que me hiciera responsable. Eso hizo resonar en mí automatismos inconscientes: me pasaba que actuaba por reflejo cuando se apelaba a mi responsabilidad en cualquier asunto. Era excesivamente responsable.Corrí hasta donde estaba la niña, y le pregunté dónde vivía. Me miró como se mira a un idiota sin remedio, pero se dignó a extender la mano, señalando. Si yo hubiese levantado la mirada hubiese visto la casa, bastante humilde, la única en al menos tres kilómetros a la redonda. El nagual ya estaba golpeando a la puerta de la casita cuando me recuperé de la vergüenza, entonces me apené y me metí a la camioneta. Una anciana atendió, algo le dijo Zacarías, no recuerdo, luego entró. Detrás entró Lucía que abrazaba a la niña, y los sollozos del perro sumados a los de la niña me habían metido en un pozo oscuro de tristeza. De todo lo que sucedía, lo que más me importaba era la impresión del perro eviscerado, y luego lo demás, pero para no sentirme tan despreciable, me decía que el mundo era cruel y que el nagual iba distraído y lo había pisado. Eso me resultaba casi intolerable. A los minutos, salió el nagual con el perro en sus brazos y lo puso encima mío. Me dijo que yo debía sanarlo, puesto que era un sanador. Mis balbuceos fueron saber dónde estaba Lucía. Él dijo que Lucía se quedaría hasta el otro día, porque María estaba muy mal. Pero que Lucía había asegurado que yo sanaría a Sasito, y que lo devolvería al otro día sano y salvo, porque yo era un brujo sanador muy poderoso. Sin tener tiempo a reaccionar, Zacarías se subió a la camioneta y me llevó a un lugar de plenos poderes, como él decía. Era un cerro muy bajo, detrás de dos más bien altos, que no se veía desde el camino. Había una roca muy grande en forma de estrella, poblada en sus rincones por cactus de montaña. En el camino yo sentía gemir muy bajito al perro, y temblaba violentamente. ¿Qué podría hacer por él? Me martirizaba la convicción de que nada, nada en absoluto. Estaba asqueado de la situación, lloraba, ya a los nueve años sabía contener lo suficiente el moquerío, pero esta vez no podía permanecer digno. Llegamos y Zacarías me dijo que volvería al atardecer para no entrometerse. Me acercó la mochila donde tenía yo mis libros, talismanes, hierbas y cosas así. Dijo que no lo defraudara, que no le fallara a Lucía, ni a María: la pobrecita había perdido a sus padres el mes pasado y todo lo que amaba en el mundo era ese perro. Serían las tres de la tarde. Pasaron dos horas, mientras me acostumbraba al frío y me improvisaba una fogata. Había decidido que no volvería hasta sanar a Sasito. Pensé que lo mejor era realizar primero un exorcismo. Efectué tres conjuraciones. Luego puse al perro en un círculo. Dibujé una estrella de cinco puntas y busqué en los grimorios uno de mis hechizos favoritos. Estaba a la mitad de una recitación en latín cuando tuve la convicción de que el perro había muerto. Me acerqué, le hablé, lo abracé, pero no reaccionaba. Me sentí inútil con todo eso que había hecho. Me dije que me había estado evadiendo con toda esa parafernalia pseudoesotérica. No había sido impecable, entonces ser sanador es imposible. Sanar es seducir al intento para que restablezca un canal deteriorado. Pasaría una hora o dos. Ya el frío era cruel, pero casi no lo sentía. Decidí enterrar al perrito. Me puse a cavar por ahí cerca, cuando sentí que muy bajito, el perro gemía. Salté a su lado, miré sus ojitos, y supe que debería darle muerte. No podía sanarlo, pero no podía permitir que sufriera así. Todavía lloré un poco más, luego un frío despiadado se instaló en mi columna, me erguí, saqué mi rifle 22, y ejecuté la despiadada eutanasia. Luego ceremoniosamente lo enterré. Ya era bien entrada la noche, las estrellas eran un montón de titilantes preguntas, el frío era una sólida convicción de que la vida es triste. Cuidé mi fogata, y entre el humo y las ramitas secas, entre el frío y mi angustia, fue madurando el nuevo día. Amaneció con la llegada de Zacarías. Silenciosamente se sentó a mi lado y me explicó (no recuerdo las palabras textuales) que cuando nos llega la hora, nada puede impedirlo. Habló de que el universo se confabula cuando se trata de complicidad con la muerte. Hasta un prestigioso nagual como él puede ser el instrumento infame, y un "sanador" como yo terminar el trabajo, entre mis temores de mierda y mis cuidados de nenita inglesa y mis locuras ebrias de hechiceros mitómanos o sencillamente insanos. "No esperes algo mejor, Galito, cuando el universo te estigmatice deteniéndote el reloj, como diciendo: buitres, aquí está el miserable que se muere". La muerte es cruda y despiadada para todos, y es inevitable y hasta absurda, pero la vida muchas veces también lo es, y lo es sin remedio y sin recaudos. Y hasta sin moralejas.
- ¿Cuál es la moraleja entonces? - pregunté desesperado.
- No hay moralejas. Hay realidades. Está María por ejemplo, esperando que vuelvas con Sasito vivo
- ¿Y qué voy a hacer?
- Nada. Te habrás dado cuenta que casi nunca se puede hacer nada. Muchas veces el heroísmo consiste en hacer precisamente eso inevitable que nadie quisiera hacer. Pero sí tuve una moraleja y fue el matiz mágico que tiene el cosmos. Volvíamos. Teníamos que pasar a buscar a Lucía. Cuando nos acercamos a la casa, estaban María y Lucía jugando con Sasito. Hasta un beso me dio Lucía cuando subió a la camioneta y luego sentí que tenía hambre y que vendrían muy bien para paliar la situación esos alfajores de maicena que venían en el bolso del nagual.


Galo
Mendoza, 7 de octubre de 1999


7 Comments:

Anonymous Ciudad said...

Interesante tu blog y tus textos, te invitamos a participar con nosotros, saludos
http://ciudadblog.net/

26 agosto, 2005 13:46  
Anonymous Diego Galo said...

Comentarios a la anécdota


Temprana confrontación con el milagro


Aquí hay tres temas. Uno es la inevitabilidad de la muerte, o sea, aunque fuera la muerte de un perro, experimenté que nada se puede hacer, que la muerte tiene una inexorabilidad aplastante y demoledora. Estar consciente de esto es parte de la maestría de la consciencia de ser, porque el guerrero arde en su fuego interior con el impulso terrible de la muerte, el cual por un prodigio de impecabilidad, en una maniobra increíble, es empleado contra la muerte, mediante una sabia inversión de fuerzas y aprovechamiento de la fuerza del adversario, como en el judo. No se trata de pensar: la muerte es terrible. Se trata de sentir con todo el cuerpo y con todo el alma que cuando la muerte se desencadena nada de este mundo puede impedirlo.

Pero esta inevitabilidad de la muerte tiene el poder de darle finalidad a nuestro destino y de edificarlo para que converja, para que todos los hechos, hasta los ínfimos, se ajusten al libreto del dramaturgo inflexible, el Espíritu. En el "accidente" por el cual el perrito fue atropellado, estaba la mano del Intento obedeciendo al destino y preparando el camino de la muerte inevitable. No había culpables, y mi autocompasión los buscaba, para eludir la mirada directa del destino tirano. ¿Pero no podíamos elegir, sentía yo? Sí, pero no podíamos cambiar nada. Podíamos elegir lamentarnos y agotar nuestros recursos tratando de modificar lo inevitable, o podíamos aceptar y dejar fluir, resignar la rebeldía que en asuntos como muerte y destino, va condenada a romperse la nariz contra muros de acero. Entendido esto, la frase del nagual Zacarías: "el heroísmo consiste en hacer precisamente eso inevitable que nadie quisiera hacer", significa que el guerrero impecable, sobre todo el que lleva la responsabilidad del liderazgo, el guerrero nagual, puede elegir ser instrumento del intento o ponerse a contracorriente, obstruyendo el desenvolvimiento de lo inevitable y dañándose en su rebeldía o llevando a los suyos al daño o la ruina. Heroísmo no es hacer lo que uno quiere o demostrar valentía siendo temerario y osado, sino captar la dirección de los hechos, obedecer la inteligencia de los hechos y eso significa a menudo hacer lo que nadie quisiera hacer, contra el mundo entero si es preciso, si es necesario para no ir contra el Intento.

Y el tercer tema es la confrontación con el milagro. El hecho puro, claro e imposible de que el perro, Sasito, estuviera vivo cuando volvimos de enterrarlo, significaba que no hay una sola realidad, sino muchas, conviviendo tan juntas que nos parecen una sola, pero a veces, a veces el guerrero tiene el poder de ver separadas diferentes realidades, como si la visión del ojo izquierdo se separara de la del derecho y viéramos dos mundos donde nuestra razón nos fuerza a ver uno solo. Hay un universo, el mío, en el que Sasito muere inevitablemente. Hay otro, el de María, en el que la misericordia no se distrae, en que Sasito jamás es atropellado. ¿Se pueden consensuar ambas realidades? Sí. Siendo que el presente y el futuro condicionan el pasado, una memoria ilusoria de los hechos, un falso pasado, acomoda las contradicciones, y nunca o casi nunca advertimos que en el viaje de la consciencia estamos visitando innumerables universos paralelos, algunos casi idénticos entre sí, y el tonal proporciona un hilo conductor, un continuum de consenso que situamos en la sensación de yo, que lleva a la ilusión de "una vida, un mundo, un universo". Milagro es testificar una bifurcación de la realidad en dos o más universos y no tener la robustez del yo como para disimularlo.

Yo era sólo un niño, y todo aquello me devastó, obsesionó y martirizó sin fin. ¿En cuántos de esos universos ya habré muerto porque era preciso para el destino de alguien? Y lo milagroso, ¿de cuantos besos es realmente capaz mi boca, en cuáles de esos mundos Trinidad está casada conmigo, en cuáles no murió Lupe, en cuáles Mariana me ha dejado por Santiago, en cuántos no escribo anécdotas? Si todo el universo puede desdoblarse con tal de que una niña huérfana no sufra una decepción, ¿estamos desamparados? Jamás. Y todo hecho trágico está justificado: si pasó tenía que pasar, y no necesariamente afectará a los que presumimos implicados. En cualquier cosa que vivimos, el único realmente implicado es uno mismo, porque un dramaturgo misterioso, el Espíritu, ha escrito para nosotros un guión que queramos o no, representaremos sobre la tierra (esto es, en los infinitos mundos y escenarios que creemos singularidad).

Galo

04 septiembre, 2005 01:08  
Blogger cristina said...

Me impacto tu texto porque es la primera vez que leo un blog y precisamente habla de algo que en estos momentos me conmueve...el ver morir a una amigo es terrible, pero peores son los hubieras....el creer que las cosas pudieran haber sido diferentes, que si hubiera hecho tal o cual cosa no estaria muriendo en este momento....El no se resigna a morir y el ser testigo de ello me parte el alma...solo puedo aprender de todo esto y tu texto ayudo a ponerlo mas claro ...es curioso como me tope contigo. gracias

25 marzo, 2006 17:48  
Blogger Matego said...

Gracias por tus posts y a Alma por ser el vínculo. Me has movido con fuerza.

Un fuerte abrazo.

12 abril, 2006 22:59  
Blogger JeJo said...

Destino y Muerte.
Inevitables ...
Y un Milagro.

Para tener en cuenta.
Saludos.

09 enero, 2007 04:37  
Anonymous Idealista said...

La verdad es que escribes bien, pero un poco tenebroso y escabroso no es asi, bien es verdad que la vida lo es y tal... saludos

22 octubre, 2008 06:27  
Anonymous clases particulares madrid said...

Buen artículo.

19 abril, 2012 15:35  

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